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12 octubre 2009

El club de adoradores de Asia Argento, reunión 2 (y 9)

La noche avanza, el alcohol también.

***

Casanova vuelve a narrar su encuentro con el tipo. Lo hace con palabras arrastradas, pero lujosas para construir con detalle su primera -según él- relación con un tipo. Según él, no está tan mal en chupársela a otro hombre. Todos le decimos que bueno, que es su versión. Le proponemos pasar a otro tema. Antes, el Escritor Iddishe Momme dice:
-Viene bien, que te haya pasado eso. Nuestro grupo necesita mostrar pluralidad con las minorías.
-Pero mirá que no sé si voy a volver a hacerlo, eh -dice Casanova.
-Nada, nada -dice Iddishe Momme-, sos el puto del grupo.
Y entonces sí, pasamos a otro tema.

***

Como me gusta armar quilombos y fricciones internas, menciono que en el prólogo a los cuentos completos de Fogwill, Elvio Gandolfo dice que Fog es uno de los mejores cuentistas argentinos junto con Borges y Fontanarrosa.
-Nunca voy a entender por qué a Fogwill le gusta Fontanarrosa -menea la cabeza el Oso Judío.
-¿Y por qué no? -pregunta el Pitufo Gruñón.
-Rosario no brindó nada a la cultura -dice Iddishe Momme-. Fontanarrosa, Fito Páez... puaj.
-Fito es medio choto, lo admito -digo-, especialmente ahora. Pero Fontanarrosa está muy bien, y está el Negro Olmedo, aunque supongo que tampoco te gusta.
-Ah, Olmedo sí me gusta -dice Iddishe Momme.
-¿¿¿¿En serio???? -casi grito.
-Sí, porque improvisaba todo. Eso es literario.
-¿Y cuándo leyeron a Fontanarrosa? -el Pitufo Gruñón cree haber dado con la clave que le abrirá las puertas de la razón momentánea.
-¡Nunca! -grita Iddishe Momme-.
-¿Encima que es malo hay que leerlo? -sonríe el Oso Judío.

***

Hay un instante en que me aparto de la mesa. Me alejo unos pasos, solamente. Me enciendo un cigarrillo. Veo al Pitufo Gruñón que se pone colorado, gritando porque no le dan la razón en algo. Veo que el resto se ríe. Es como si la imagen pasara en cámara lenta. Escucho con nitidez las frases políticamente incorrectas. Escucho, luego, las risas. Veo algún brazo que pasa por detrás de un hombro.
Es un juego. Si de chicos jugábamos a policías y ladrones -supongo que, por la edad, Iddishe Momme y el Pitufo Gruñón lo hacía con indios y vaqueros-, acá jugamos a ser incorrectos. A decir lo que pensamos, pero en el peor de los tonos posibles. Y nos reímos, y el resto nos festeja.
Jugamos, una noche por mes, a ser cínicos.
Luego, volvemos a nuestras casas.
Hay quienes hacen el mecanismo inverso: son cínicos todo el tiempo, tirotean a cualquiera que se cruce, y cuando se juntan son amigos, se dicen cosas lindas.
Qué quieren que les diga: prefiero esto, toda la vida.

***

El Pitufo Gruñón cuenta que se quiere jubilar. Vender esta casa e irse a la costa.
-Estás loco -digo.
-¿Por qué? Yo viví mucho tiempo en la costa.
-¿Y qué mierda vas a hacer ahí? -al hablar, Iddishe Momme escupe: es el alcohol-. ¿Caminar solo en la arena?
-¿Por qué no? -pregunta el Pitufo.
-Te vas a cagar de embole -sentencia el Oso.
-¿Hay wi fi? -pregunta el Editor.
-No cogés más -digo.
-Obvio que no va a coger más -dice Iddishe Momme-. Cuando llegue a esos pueblitos de mierda, se calza una zunga, se pone una musculosa rosa y sale a putanear por ahí. Viejo trolo.
Automáticamente, todos miramos a Casanova. Sonríe.
Ok, podemos seguir hablando como siempre.

***

-¿Ustedes no van a hacer las paces? -pregunta Iddishe Momme.
-No -digo.
-Está loco -dice el Editor-, vos viste cómo se puso por una pelotudez.
-¡No es una pelotudez! -grito-. ¡Cómo pudiste decir que la carne estaba arrebatada!
-Dénse un beso y déjense de joder -propone el Oso.
-Eso, dénse un beso -dice el Pitufo.
-No -decimos el Editor y yo.
-Un beso de lengua -propone Casanova.
-Eso, un beso de lengua -insiste Iddishe Momme.
-Buenísimo -se entusiasma León.
Todos hacen silencio. Nos miran. El Editor se levanta de su silla. Viene hasta la mía. Apoya una mano en mi hombro. Acerca su cara a la mía. Abro la boca.
Luego del beso, el Editor dice:
-Che, a vos te falta alguna muela, ¿no?
-Sí -admito-, pero a vos también.

***

Y se termina la noche.

10 octubre 2009

El club de adoradores de Asia Argento, reunión 2 (8)

Surge el tema de las autodenominadas escritoras feministas.
Nos llama la atención que en el grupo esté la escritora dark, a quien considerábamos -y seguimos considerando- no sólo inteligente sino buena escritora.
Luego, nos reímos un buen rato.

El club de adoradores de Asia Argento, reunión 2 (7)

Este post lo levanté a pedido de un amigo.

Aclaro dos cosas para los integrantes del anónimo Colectivo Miguel:
a) En el post no figuraba ningún nombre, lo dieron ustedes.
b) Ayer a las 12 de la noche me llamó un amigo en común con la persona a la que me refería, me pidió que lo sacara y lo saqué. Ayer a la madrugada. 13 horas después, ustedes mandan este mail que demuestra no sólo el grado de mentalidad (difunden un nombre que yo no di) sino que el reloj les atrasa más de medio día.

09 octubre 2009

El club de adoradores de Asia Argento, reunión 2 (6)

Surge el tema de la literatura peronista, tal como la autodefinen sus militantes.

***

-Yo, que tengo algunos años más que ustedes -dice el Pitufo Gruñón-, me acuerdo de los setenta, de la primera mitad. En ese entonces yo era de izquierda, llámenlo comunismo, o como prefieran. Bueno, con el gobierno de Cámpora empezaron a florecer, como hongos venenosos, supuestos intelectuales peronistas. Era lógico: Perón volvía de un momento al otro de Puerta de Hierro, y estaban tratando de hacer su juego para delimitarle el campo al viejo hijo de puta. Abro un paréntesis: si se detienen a pensar un segundo, es como si los intelectuales peronistas supieran, siempre, que Perón no era progresista ni nada que se le pareciese, porque siempre hablan de "delimitarle el campo" como si supieran que si no lo hacían el viejo se corría a la ultraderecha, cosa que hizo. Cierro el paréntesis. Cuando empezaron a surgir esos intelectuales peronistas, intentaron definir hacia dónde debía ir el país, la acción revolucionaria -según ellos-. A nosotros nos decían que éramos funcionales, pelotudeces por el estilo. Y, como éramos funcionales, como todo lo que no perteneciera a su grupo era funcional, empezaron a tratar de borrarnos de todas partes. Empezó algo así como una persecusión.
-Bueno, fue en esa época que rajaron a muchos docentes de la universidad por no ser peronistas -interviene el Oso Judío-. Si ellos decían que no eras peronista, te volaban la cátedra a la mierda. Lo curioso es que, como vos decís, en ese momento había una mística particular, equivocada o no -bueno, sí, equivocada-, con todo lo que implicaba el regreso de Perón. El tema es que, hoy, autoproclamarse como intelectual peronista no sólo es demodé, sino absurdo.
-Es absurdo salvo que pienses en los intereses personales -digo-. Weber decía que hay muchos tipos de acción... Bueno, no los voy a aburrir con eso. Pero no estamos ante acciones racionales con arreglo a valores, sino acciones racionales con arreglo a fines. El fin es la ganancia. La ganancia puede ser la guita, o un cargo, o incluso el posicionarte mejor en tu campo, diferenciarte. En el fondo, los que se autodenominan como escritores peronistas están siguiendo la misma lógica que hace unos años arrancó con la nueva generación de escritores. Es una forma de incluirse en un grupo. La gran contra de eso es que, para los escritores, para la gente con más ego que ideología, la posibilidad de un grupo funcional resulta imposible.
-Lo paradójico -dice el Pitufo Gruñón- es que se dio vuelta la tortilla. En los setenta, los peronistas nos decían a los de izquierda que no éramos integrados porque no habíamos visto a un obrero en nuestra puta vida. Ahora, estos no vieron un obrero ni tienen la más remota idea de lo que es el trabajo.
-Y fijate otra paradoja -digo-. Los intelectuales peronistas comienzan a adquirir relevancia mediática con el quilombo del campo. Casualmente, la primera derrota pública del kirchnerismo. Lo cual remarca que, por lo menos en cuanto al éxito, peronismo e intelectualidad no deberían ir de la mano.
-Bueno -dice alguien-, se puede armar una tipología de los escritores que se autodenominan peronistas. Y la tipología no encuentra sus raíces en lo que escriben, porque salvo por el hecho de que la etiqueta Perón aparece varias veces, no hay forma de diferenciarlo de otras narrativas. Por un lado, tenés al intelectual peronista que vive en San Isidro, que lo mantienen sus viejos y que no laburó en su puta vida: ése dice ser peronista como en otro momento podría haber sido punk o ricotero. Por otro lado, tenés al intelectual peronista que es becario del Conicet: ése tampoco labura, cobra tres lucas por mes por un supuesto trabajo intelectual que consiguió gracias a apadrinamientos, y es intelectual peronista como en los ochenta podría haber sido intelectual franjamoradista o en los noventa reformista. Por otro lado, tenés al intelectual peronista que dice que fue lumpen, que vendió artesanías por la calle: lo curioso es que el lumpenaje es lo que está siempre fuera, Marx no lo aceptaba en el comunismo, Perón tampoco en sus filas, el lumpenaje es la no inclusión en ningún grupo, es la nada misma.
-Bueno -digo-, te olvidás de un tipo.
-¿Cuál?
-La escritora peronista que dice compañeros todo el tiempo pero después le chupa las medias a las multinacionales -digo.
Todos me miran.
Creo que es un buen momento para hablar de la chica de los ponys.

El club de adoradores de Asia Argento, reunión 2 (5)

Alguien propone que cada uno cuente el polvo más freak.
Estos son algunos ejemplos.

***

-Conocí a una chica. Preciosa, te diría hermosísima. Carita de angel, culo de Reef. Divertida, inteligente. Salíamos a tomar algo y nos divertíamos una barbaridad. La cosa es que nos besamos, y besaba muy bien. Fuimos a mi casa, la empecé a desvestir, pim pum pam. Fuimos al dormitorio, besándonos. El problema fue cuando se la puse.
-¿Qué pasó?
-Tenía cara de mogólica.
-¿Cómo, cara de mogólica?
-Su gesto de placer era una cara de mogólica.
-No puede ser.
-Les juro. Hacía así, sacaba la lengua y le quedaba para el costado, se le achinaban los ojos... Cara de mogólica.
-Qué feo.
-No te imaginás. Entonces, como así no podía seguir, le propuse que se diera vuelta.
-¿Le dijiste "date vuelta porque tenés cara de mogólica"?
-No, boludos, miren si le voy a decir eso. Le propuse que se pusiera en cuatro para llegar más profundo, o algo así.
-Una solución salomónica.
-Eso pensé. Pero ahí vino lo peor.
-¿Qué?
-La mina tenía rabo.
-¿Cómo, rabo?
-Rabo. Rabito. Como los perros.
-Es imposible.
-Es imposible, pero estaba ahí. Yo se la ponía y a pocos centímetros de mi pubis estaba el rabito.
-Qué feo.
-No sé, era como que el final de su columna vertebral era eso, un rabo.
-¿Y qué hiciste?
-No la volví a ver, por supuesto.

***

Cuando me llega el turno, cuento mi experiencia con cacerolas.

***

-A mí me pasó esto, que no sé si es freak pero sí muy inusual.
-A ver...
-Me presentan una mina y me avisan que la mano viene facilonga, que cortó con su novio luego de muchos años y que está medio desespereti por probar otras cosas.
-Otras chotas.
-Eso. Bueno, nos encontramos. Ella enseguida me elogia, pero en comparación con su ex.
-Uy, eso es un bajón.
-Totalmente. ¿Qué carajo quiero saber yo de su ex? Me empieza a contar que cuando empezó a salir con él eran muy chicos, y enseguida concretiza lo que había intentado significar, para no dejar ninguna duda: el novio, garchando, era un zoquete.
-Era chico.
-Obvio. Siempre las minas con las que cogemos primero van a pensar que somos un desastre en el garche.
-Siempre.
-Bueno. La cosa es que ella empieza a contarme que ella le había tenido que explicar todo al novio, todos esos años, en relación a la cama.
-Esperá, no entiendo.
-¿Qué cosa, no entienden?
-Dijo que los dos habían empezado a salir de chicos. ¿Ella la experiencia de dónde la había sacado?
-Me dijo que leía la Cosmopolitan.
-Puaj.
-Totalmente. Una mina que se quería presentar muy decidida, medio fálica, qué se yo.
-Insoportable.
-Sí, pero con unas tetas que parecían dos misiles. Yo me la quería coger, obvio. Enseguida, para que se callara, la besé. Y al toque nos fuimos para casa.
-¿Y entonces?
-Ahí viene lo loco. Nos desvestimos. Y ahí empieza.
-¿Qué cosa?
-A hablar. No paraba de hablar.
-¿Cómo?
-La desvestía... No sé, le sacaba el corpiño de una, y ella me decía "mirá qué bien, cómo sabés sacar el corpiño".
-¿Lo qué?
-Eso. Y después todo el polvo así. No paraba. Le empecé a chupar la concha, y ella con los ojos cerrados decía "ay, mirá cómo sabe, a él no hay que enseñarle nada". Todo el polvo.
-¿Probaste taparle la boca con una media?
-No.
-Deberías. Se callaba o se ahogaba, pero la cosa se solucionaba.
-Qué loco, ¿no? -dice el Oso Judío.
-Sí.
-Mirá cómo sabía de literatura, la mina -insiste el Oso Judío.
-¿Por?
-Y, cuando se excita empieza "mirá cómo Saer, mirá cómo Saer"...
-No, querido, "mirá cómo sabe".
-Ah.
-...
-Igual, me gustaba más con "mirá cómo Saer".

(nota al margen: a quien contó esto, desde entonces, cada vez que se descuida le hacemos un chiste, que consiste en preguntarle cualquier cosa en público, él responde y nosotros empezamos "ay, mirá cómo sabe").

***

-A mí me pasó algo horrible, una vez.
-¿Qué?
-Me levanté una mina. Medio feucha, pero piola. Nos vamos a la casa. Nos empezamos a desvestir. Ella tenía medibacha.
-¿Se sigue diciendo medibacha?
-Para mí sí, forros. Le saco la medibacha, y cuando llego a los pies descubro dos cosas gelatinosas.
-¿Cosas gelatinosas?
-Cosas gelatinosas, tal como escuchan. Es el día de hoy que no sé qué carajo eran. Se me habían pegado en los dedos, en la palma de la mano. Ella ve que miro mis manos confundido, y me acaricia la cabeza -yo estaba arrodillado a sus pies, en plan romántico-. Y me dice "es para protegerme".
-¿Para protegerse? ¿De qué?
-Eso mismo me pregunté yo, salames. Y de hecho se lo pregunté a ella. Imagínense, yo ahí con esas cosas gelatinosas pegadas a la mano, de rodillas...
-¿Y qué te dijo?
-Que era para protegerse los pies porque la habían operado de juanetes.
-¿Te dijo eso?
-...
-¿Y no se podía guardar el secreto?
-No pude coger, se los juro. No se me paró.

***

-Había una mina a la que me había querido coger toda la facultad. Pero no pude.
-¿Esa es tu historia?
-No se apuren, yo me tomo mis tiempos.
-...
-La cuestión es que, muchos años después, me la volví a cruzar. Calle Corrientes. Cuando todavía era calle Corrientes.
-¿Te ponemos música de tango?
-Váyanse a cagar.
-...
-No cuento nada.
-Dale, no seas boludo.
-Bueno. Ella estaba hermosa, todavía. Le empiezo a hablar, y al toque descubro que tiene alianza en el anular.
-El tiempo pasa y la gente se casa.
-Totalmente. Bueno, me la empiezo a chamuyar. Le digo que está preciosa, que en la facultad siempre había querido cogérmela pero nunca habíamos tenido posibilidad, que en todos estos años yo había aprendido muchas cosas que quería hacerle.
-Bien. Buen chamuyo.
-Sí. Ella, como es lógico, me muestra el anular. Se había casado con un cuadro del peronismo.
-Uf.
-Uf. Me dice que era tarde, que ya no tenía sentido. Y yo la chamuyaba, la chamuyaba... La mina se va, pero antes me deja el teléfono. Entonces la empecé a llamar. Dos meses, la llamé. Si atendía el cuadro peronista, cortaba. Si atendía ella, le hablaba aunque supiera que se ponía nerviosa porque el tipo estaba por ahí. Bueno, la cosa es que la mina finalmente cedió. Un día, al teléfono, me dice en voz bajita que el cuadro peronista se iba a un congreso no sé dónde mierda la semana siguiente. Me pasa la dirección. Yo, para qué. Mandé ropa al lavadero, me preparé, estaba perfecto. Caigo en la casa con un vino. Empezamos a charlar. La trato de besar, y me corre la cara. "Dale, loca, dame un beso que vine para cogerte", le digo. Y ella que no, y yo que insistía. Bueno, al final me da un beso. Varios. Encaramos para el dormitorio. Se la chupo un poco, y descubro que la mina es recontra calentona. Se movía toda, me gritaba "hijo de puta". Se la pongo, y ella empieza "tendríamos que haber cogido hace años, hijo de puta". Todo el tiempo, "hijo de puta". Bueno. La cosa es que en un momento, mientras le estoy dando de frente, la mina me dice "decime algo asqueroso, hijo de puta, decime algo asqueroso"...
-¿Y qué le dijiste?
-Lo primero que se me vino a la cabeza.
-...
-...
-Dale, decí.
-"Moco", le dije.
-...
-La mina me miró, encogió las piernas y apoyó los pies en mi pecho. Mientras me decía "hijo de puta" empujó con todas sus fuerzas, ¡blum!, y yo me fui a dar contra la pared y después contra el piso. Pero no podía parar de reírme.

El club de adoradores de Asia Argento, reunión 2 (4)

Chismes literarios.

***

Parece ser que, hace unos años, un escritor veterano vivía un tanto lejos de la Capital Federal. Las adolescentes, que leían sus obras como forma de reconocer que el mundo es un sitio siniestro, peregrinaban a ese no tan lejano paraje de la provincia de Buenos Aires. El escritor veterano las recibía, claro, las invitaba a pasar. Ellas entraban, buena parte libro en mano con el sueño de que fuese autografiado (al fin y al cabo, el escritor veterano siempre decía estar mal, por lo que podía morir de un momento al otro y sus autógrafos subirían de valor).
Parece ser que, en aquel entonces, el escritor veterano les decía a las adolescentes -muchas de 18, 19 años (tampoco nos vamos a meter en cuestiones ilegales)- que aguardaran en el comedor. Ella se sentaban en el sillón que dominaba el ambiente, un mueble vetusto cubierto de una tela con reminiscencias hindúes. Esperaban. El escritor veterano regresaba con dos tazas de té. Lo servía en la mesa ratona delante del sillón, y aprovechaba cuando ellas se descuidaban para tomar su taza para, veloz como un rayo pese a su edad, ubicarse junto a ellas. Les hablaba, entonces. Pero, fundamentalmente, las hacía hablar. Las miraba como hipnotizado, con sus ojos diminutos tras los lentes culo de botella, y ellas hablaban. En un momento, siempre, parece ser, el escritor veterano les decía:
-¿No me das un besito?
Buena parte de las chicas accedían. Otras, en cambio, bajaban la vista avergonzadas, y descubrían entonces que el escritor veterano había aprovechado cuando ellas hablaban para sacar la verga del pantalón. Por lo general, parece, estaba dormida.

***

Resulta que había un joven escritor argentino que vivió unos años en el exterior. Hizo allí sus estudios, se formó, armó su red de contactos. Se escandalizaba en público de otros escritores argentinos, jóvenes como él, que iban a Europa para hacer sus propios contactos. De hecho, los denunciaba, los acusaba de ser el claro ejemplo de que la literatura argentina se había ido a la mierda.
Pero resulta, también, que un conocido de un conocido de uno de los presentes en el club de adoradores de Asia Argento, presentó una novela a una editorial, más precisamente a su casa matriz en la madre patria. Grande fue la sorpresa de este conocido de un conocido cuando se comunicaron con él para ofrecerle, en vez de la publicación, un premio literario. No es que este conocido de un conocido fuese un caído del catre, pero pensaba que los fraudes en los concursos eran un fenómeno latinoamericano. De hecho, le preguntó a quien se lo había ofrecido, si eso era usual. El hombre sonrió. Siempre, dijo.
Y el conocido de un conocido reparó en un detalle: era el mismo concurso literario que, el año anterior, había ganado el joven escritor argentino radicado en el exterior, ése que se escandalizaba con que los otros desearan publicar sus obras.

***

Parece ser que un escritor de la generación intermedia se encajetó con una alumna del sur del país. Había ido a dar clases en una universidad austral, y se enamoró, o al menos se calentó en proporciones considerables. Un detalle no menor es que el escritor era casado. Desde el domicilio familiar, se enviaba mails románticos con la alumna, donde se quejaba de la vida con su mujer y, también, coordinaba cuándo podría escaparse al sur a verla. De hecho, parece ser que una vez fue, nomás, a verla. Pasó dos o tres días en el pueblo sureño, retozando con la jovencita. Ni se comunicó con su hogar -tenía ese trato con su mujer, con la excusa de ahorrar los viáticos-. Cuando regresó a Buenos Aires, se llevó una sorpresa desagradable. Cuando introdujo la llave en la cerradura, no abría. Escuchó movimientos dentro de su casa. Tocó timbre. Pensó que eran chorros. Nones. A los pocos segundos, la voz de su mujer, del otro lado de la puerta, le gritaba "en esta casa no entrás más, hijo de puta". Intentó negociar puerta de por medio, pero resultó imposible. De hecho, nunca volvió a entrar en el departamento salvo para retirar sus cosas. Con el tiempo, iba a saber que su mujer había descubierto el Outlook Express que utilizaba en su computadora. Todos, absolutamente todos los mails entre él y la alumna -como de varias otras-, ella los había leído. Jamás lo perdonó. Él, por su parte, jamás volvió a utilizar el Outlook Express para enviar o recibir mails.

***

Chisme internacional.
Según cuentan, un Premio Nobel es particularmente baboso. Cuando entra en las oficinas de cualquier editorial, las empleadas intentan esconderse. No sólo porque él no es precisamente agraciado -octogenario y con rasgos de tortuga- sino porque su esposa, muchísimo menor que él, puede resultar furibunda. Según cuentan, el Premio Nóbel aprovecha cada vez que su mujer se va al baño o a alguna reunión donde negocia sus contratos -porque le maneja todas las cuentas y lo obliga a trabajar y asistir a eventos aunque él esté enfermo- para acercarse a los escritorios donde haya empleadas, y las saluda con abrazos muy profundos, por así decirlo.
La situación que se chismorreó con el escritor, además de su perfil, es la siguiente. Una cena editorial. El Premio Nobel sentado, a su derecha su mujer y a su izquierda una editora. A la derecha de su mujer, otro escritor, mucho más joven. Parece ser que el Nobel empezó a hablarle a la editora. En un momento, comenzó a acariciarle la pierna por debajo del mantel. Mientras tanto, su mujer hacía lo mismo con el escritor joven.

***

Un escritor joven saca el segundo premio en un concurso literario. El jurado está presidido por un escritor veterano, supuestamente prestigioso. El día de la ceremonia de entrega de premios, se sigue el orden natural del protocolo: primero sube el tercer premio y agradece, luego el segundo, luego el primero. Cuando el escritor argentino joven sube, agradece, incluso hace una mención al jurado para no abandonar el chupamedismo que domina el campo literario vernáculo. Luego, cuando le llega la hora al primer premio, él debe esperar en el escenario junto a los integrantes del jurado. Aprovecha que el discurso infinito de quien le ganó para hablar con el veterano supuestamente prestigioso. Le dice, cerca del oído, "gracias maestro por haber premiado mi novela". El veterano lo mira. Luego de unos segundos, le dice "¿puedo hacerle una pregunta?", a lo que el joven responde de inmediato "por supuesto". El veterano, mientras mira de reojo al público que aplaude al ganador y sus ocurrencias, le pregunta:
-¿Dónde estamos?

08 octubre 2009

El club de adoradores de Asia Argento, reunión 2 (3)

Cuando llega el Escritor Iddishe Momme, yo estoy apoyado contra la baranda que da a la calle. Supongo que mi cara es de culo. Se me acerca de atrás, me toca el culo.
-¿Qué te pasa, infeliz?
-El forro del Editor dice que no hice un buen asado.
El Escritor Iddishe Momme me agarra de la cara y, mirándome a los ojos, dice:
-Escuchame pelotudo. Lo hiciste arrebatado. Te salió como el culo. Ahora te dejás de joder. Y a comer.
Asiento.
-Así me gusta -dice.
-Pero al lado de ése no me siento, eh -digo.

***

-¿Esto siempre es así? -pregunta León con los ojos desorbitados.
-No, a veces está bien organizado cuándo servir la comida -le digo-. ¿Para cuándo, Pitufo?
-Elemental... -me mira de reojo el Escritor Iddishe Momme.
-Está bien, está bien...
-Fue sólo un comentario -dice el Editor.
-¡Vos te callás! -le grito-. ¡Con vos no hablo más!

***

Casanova relata por décimo tercera vez lo que le pasó ayer. Cuando finaliza, reina el silencio.
El Pitufo Gruñón sirve los chorizos. Reventados, como siempre. De todas formas, el modo en que los miramos es como si las palabras de Casanova se materializaran en ese chacinado.
-Interesante, la experiencia, ¿no? -dice el Oso Judío.

***

-Yo pensé que acá hablaban de minas y de escritores -dice León.
-Eso -aplaude el Escritor Iddishe Momme-, eso. ¿Con qué empezamos?
-Chismes no estaría mal -dice el Pitufo.

***

En la próxima entrega, chismes del ámbito literario. Un cogedero de no creer.

El club de adoradores de Asia Argento, reunión 2 (2)

El Pitufo Gruñón abre la puerta. Lo saludo con un beso en la mejilla. Casanova, en cambio, lo abraza.
-¡No sabés lo que me pasó! -casi grita.
Detrás, el taxista hace rugir al motor.
-¡No te entregues, máquina! -grita antes de partir.
-¿Qué pasó? -pregunta el Pitufo Gruñón.
-Vas a ver qué loco -dice Casanova.
-Pasemos, por favor -ruego.

***

Casanova narra lo mismo. Lo remata de idéntica forma: ¿no es loco?

***

Me acerco a la parrilla. Automáticamente, el Pitufo Gruñón corre hacia mí.
-¡No toques!
-Pero si no iba a tocar... ¡Qué viejo hinchapelotas, que sos, eh!
Con sus utensilios de metal acomoda las carnes. Las brasas sisean.
-Che, nos hubiéramos reunido en casa -digo.
-El Editor prefería acá -dice el Pitufo.
-¿Por?
-Dice que vos no sabés hacer asado, que la otra vez te salió todo arrebatado.
-¿¿¿¿¿Cómo?????
-¿No es loco? -dice Casanova, atrás, mientras se enciende un cigarrillo.

***

Llega el Oso Judío. Nos saludamos con un abrazo. Casanova, por su parte, casi se arroja sobre él.
-¡No sabés lo que me pasó!
Y otra vez.

***

El Editor Más Fachero llega con su hermano, León. De cuando en cuando, acordamos entre todos, nos podemos permitir algún invitado especial. Hoy le toca a León, que no entiende demasiado cuando Casanova lo abraza y le grita:
-¡No sabés lo que me pasó!
El Pitufo Gruñón, que ya escuchó la historia dos veces y tiene menos paciencia que yo (que la escuché tres) dice, mientras acomoda chorizos con la delicadeza de una niña con su casa de muñecas:
-Se garchó un tipo.
-¿Cómo? -grita el Editor Más Fachero, al tiempo que da un paso hacia atrás para alejarse de Casanova.
-No sólo me lo garché. Se la chupé, y me cogió a mí -dice, y se enciende un cigarrillo-. Estaba muy en pedo. ¿No es loco?
-¿Se la chupaste? -pregunta el Oso.
-¡Obvio! -dice Casanova.
Automáticamente, todos nos llevamos una mano a la mejilla con la que lo saludamos con un beso.

***

Acomodamos los cubiertos en la mesa, sobre la terraza. Me ayudan León y el Editor.
-¡Eh, Pitufo! -grito hacia el quincho-. ¡Que cuando yo invito gente está todo servido!
-Acomodá y no rompas las pelotas -dice el Pitufo.
-No, no, yo los traté como a reyes... Llegaron y había queso, fuet de Cagnoli... Y el asado me salió riquísimo, ¿no, Editor?
-¿Y a vos qué te pasa? -me pregunta el Editor.
-¡Me pasa que con vos no voy más a ningún lado, sorete! -estallo, y arrojo un plato al piso, como mi vecina la demente-. ¿Cómo es eso de que yo hago la carne arrebatada?
-¿Para qué le dijiste? -le grita el Editor al Pitufo.
-Porque después me critica que avivo el fuego con el secador de pelo -dice el Pitufo sin abandonar su posición.
-¡Eso es de putos! -grito.
-¿No es loco? -interviene Casanova.
-¡Vos pará, trolo de mierda! -grito-. ¡No podés ser el centro de la reunión todo el tiempo porque estuviste tirando una goma! ¡Acá pasa algo muy grave, y es una traición! ¡Yo no hago carne arrebatada, la reputísima madre que los parió!
-Pará, Elemental -el Oso Judío se acerca para consolarme.
-¡Las pelotas! ¡Las pelotas! ¡Yo con este turro no doy más taller literario! ¡Yo no me subo más a su coche! ¡Se van todos a cagar! ¡Forros!
-A mí me gustó tu asado -dice Casanova.
-¿Ven? ¿Ven? ¡El puto es delicado, y entiende de cocina gourmet!
-¿No es loco? -pregunta Casanova.

***

Les dije: se viene una noche pesada.

El club de adoradores de Asia Argento, reunión 2 (1)

Casanova me pasa a buscar por casa. Bajo. Verlo con jeans, a veces, me resulta perturbador. Lo perturbador es un gesto en su cara. Está transformado.
-No sabés lo que me pasó -dice a modo de saludo.
-¿Qué?
-Ayer fui a un bar. Con amigos, no importa cuáles.
-Te pusiste en pedo.
-Exacto. Pero eso no es lo que me pasó. O sí, me pasó. Pero me pasó otra cosa, que no sabés que me pasó.
-Que es...
Paramos un taxi. Subimos. Le indico al taxista la dirección del Pitufo Gruñón. El taxi arranca.
-Te decía -dice Casanova-. Me puse en pedo.
-¿Entonces?
-Entonces, totalmente borracho, veo que un tipo me mira desde otra mesa.
-¿Lo conocías?
Casanova niega con la cabeza.
-Primero pensé que era alguien que me había reconocido, el marido de alguna mina que me garché. Tenías que ver la intensidad de la mirada.
-¿Tipo para agarrarse a piñas?
-Algo así. Fuerte. Muy fuerte.
-¿Y?
-Nada, estaba en pedo, te dije. Me levanté de la mesa y lo encaré.
-Sos muy calentón, boludo.
-Estaba en pedo. La cosa es que voy, lo encaro, le digo "¿qué te pasa, qué me mirás?", y el tipo me seguía mirando, callado.
-¿Cómo era?
-Cuarenta años, pelo corto, pinta de lampiño. No muy elegante.
-¿En qué bar?
-El Varela Varelita.
-Ok. Ya tengo las coordenadas. Seguí.
-Bueno, el tipo me seguía mirando. Le vuelvo a preguntar qué le pasa, y me dice "sos muy lindo".
-Ah bueno.
-Pero no sólo eso, me empezó a piropear. Que le gustaba que yo era flaco, que le gustaba mi pelo. Y todo el tiempo: "sos muy lindo".
-¿Y qué hiciste?
-Nada, qué iba a hacer. Me volví a la mesa. Agarré el celular y empecé a mandarle mensajitos a minas.
-¿Para?
-¡Para coger! ¡Necesitaba coger!
-¿Era una urgencia?
-¡Un puto me había dicho "lindo", loco! ¡Tenía que hacer algo!
-Ok. ¿Y?
-Nada. Todas ocupadas. Todas. Te juro: todas.
-Te creo.
-...
-¿Qué te pasa?
-Nada, nada.
-¿Estás llorando?
-No. No sabés.
-¿Qué cosa?
-Te dije. Estaba muy en pedo. Y el tipo me seguía mirando.
-¿Y?
-Volví a la mesa. Le dije que me dejara de mirar, que me incomodaba.
-Estuviste bien. Educado.
-Me senté, le empecé a hablar, le dije que no daba.
-Bien.
-Y el tipo me metió un beso.
-¿Qué? -pregunta el taxista, y recién ahora me doy cuenta de que nos estuvo escuchando todo el tiempo.
-¡Me dio un beso! -le dice Casanova al taxista-. ¿Podés creerlo?
-¡Qué asco, viejo! -dice el taxista.
-Pero eso no es lo peor -dice Casanova-. El beso estaba muy bien.
-¿Cómo? -pregunta el taxista.
-No sé, al principio fue raro, pero después estuvo bien. Y cuando nos separábamos el puto me decía "lindo".
-Apa -digo.
-¿Viste?
-¿Y cómo te despediste?
-Con un beso en la mejilla, en la puerta del edificio.
-¿De cuál edificio?
-El de él.
-Esperá. ¿Fuiste a la casa?
-Sí, estaba en pedo, te dije.
-Ah.
-¿Garcharon? -pregunta el taxista.
-¡Obvio! -dice Casanova-. ¿No es loco?
El coche se detiene ante la puerta del edificio del Pitufo Gruñón.
Algo me dice que esta va a ser una noche movidita.

25 septiembre 2009

El club de adoradores de Asia Argento, primera reunión (y 4)

Tocamos el tema No Sonia sólo una vez en la noche.
Y es para que me digan que me ven bien.

***

Le presto al Escritor Iddishe Momme Estrella distante, de Bolaño.
Sé que no le va a gustar.
Él se lo pierde.

***

Seguimos con los chismes. En un momento, mucho vino de por medio, alguien dice:
-A la final, el ambiente literario es como todo el resto. Lo único que importa es quién garcha con quién.

***

Alguien cuenta que salió con una mina y, cuando estaba por hacerle sexo oral, ella le dijo "no, cuidado, que me estoy poniendo crema para las hemorroides". No hubo forma de recuperar la erección.

***

Hablamos de Asia Argento. Mucho.
En cierto sentido, cuando hablamos de Asia Argento hablamos de todo lo que deseamos en una mujer.
Y eso no voy a aclararlo, por supuesto.

***

Cuando nos despedimos, Casanova dice:
-Sos un gran anfitrión.
Lo abrazo.
Estamos entonados.
Nos abrazamos todos.
Quedamos en que el club de adoradores de Asia Argento se reunirá al menos una vez por mes.
Habrá que ver si cumplimos.

El club de adoradores de Asia Argento, primera reunión (3)

Groupies literarias.
Alguien dice que hay un escritor veterano al que las jóvenes idolatran. Todas las rebeldes quieren ser como él. De hecho, tratan de ubicarlo. Siempre. De hecho, como es previsible, las intenciones no son sólo literarias. Pero parece que el escritor veterano se limita, desde hace un tiempo, a hacer que le chupen la pija. Tiene un problema respiratorio, y si cogiera se quedaría sin aire.

***

La diferencia entre Casanova y Don Juan es fundamental, explica Casanova. Mientras que a Casanova lo que le interesaba era el arte de la seducción, la adoración si se quiere, para Don Juan la cuestión era simplemente numérica. Dicho en otras palabras: Don Juan quería ponerla, mientras que Giaccomo Casanova deseaba adorarlas. Por eso el mito de Casanova como gran cogedor es absolutamente falso. Si uno repasa su biografía, se habrá cogido a setente u ochenta minas, lo cual hoy es poquísimo para cualquier hijo de vecino. Lo fundamental, con Casanova, era la forma. Con Don Juan, el contenido. La eterna lucha. Casanova aspiraba al arte, mientras Don Juan a ser best seller. De acuerdo a con quién se identifica uno, implica cómo está parado en el mundo.

***

Surge Bolaño. Nos gusta a todos.
Salvo al Escritor Iddishe Momme.
Pero a él no le gusta nada.

***

Chisme literario.
Parece ser que hay un escritor argentino que se autoproclama como superado y las críticas no le interesan. La cuestión es que, luego de negociarlo infinitamente, consigue ganar un importantísimo galardón literario en España. La novela es un éxito. Se llena de guita. Hasta la llevan al cine. Pero siempre hay un pero.
A un crítico no le gusta. Y es un crítico exquisito. Uno de esos que parecen separar lo que quedará de lo que será perecedero. Y la novela no le gusta. Dice que le sobran muchísimas de las más de quinientas páginas que tiene. De hecho, dice que la novela padece un estado de "inflamación terminal".
El escritor, que siempre dijo que sólo le importa el arte y no lo que digan de él, se ofende. Mucho. Llega al plano del odio, por así decirlo.
Pero siempre hay un pero.
Hay un conocido en común al que le duele la enemistad entre el crítico y el escritor. Organiza una cena para que se reconcilien.
Contra lo que podría suponerse, la cena es un éxito. Los primeros segundos son tensos, pero enseguida el escritor y el crítico encuentran puntos en común. El escritor da cuenta de su erudición, el crítico también, y todos contentos.
Un detalle no menor: el escritor asiste a la cena con su esposa.
Volvamos a la anécdota. Sobre el final, el escritor y el crítico parecen buenos amigos. Y, cuando se incorpora para regresar al hotel, el escritor al que no le importan las críticas porque sólo le interesa el arte le dice al crítico:
-Bueno, ahora que me conociste, espero que retires lo que dijiste de mi novela.
El crítico se limpia los labios con una servilleta. Incómodo, dice:
-Bueno, en verdad, ahora que te conocí y descubrí cuán simpático e inteligente sos, espero en verdad que escribas una novela a tu altura.
El escritor enrojece.
-Si no estuviera mi esposa acá, esto lo resolveríamos a las trompadas -dice.
-Curioso -dice el crítico-. A tu esposa la trajiste vos.

***

(continúa)

El club de adoradores de Asia Argento, primera reunión (2)

-Vi la nueva de Tarantino -digo.
-Una obra maestra -dicen Casanova y el Editor Más Fachero.
-Me hubiera gustado que lo fuese -digo-. De hecho, la primera escena, lo es. Ahora, el resto no está a la altura.
-Vos estás loco -dice Casanova.
-No puede no haberte gustado -dice el Editor Más Fachero.
-No dije que no me gustó -digo-, sino que no me pareció una obra maestra. Ni siquiera lo mejor que vi de Tarantino.
-Tarantino es un perverso sobrevalorado -dice el Escritor Iddishe Momme.
-Refleja nuestros tiempos -dice el Editor.
-Refleja su perversión, nada más -dice el Escritor Iddishe Momme.
-Igual tu opinión no vale -dice Casanova-, a vos no te gusta nada.
-Perdón -dice el Oso Judío.
Todos lo miramos.
-Yo no vi ninguna película de Tarantino... ¿hice mal?
-Ok -digo, mientras el Editor Más Fachero se toma la cabeza-, mejor voy a buscar los chorizos.

***

-Me encanta que nos reunamos, y que le pongamos un nombre -dice el Editor Iddishe Momme-, pero el nombre no me gusta.
-Tu opinión no vale -dice Casanova-, a vos no te gusta nada.
-Sí, pero eso de adorar a una mina así, no creo que sea lo correcto -dice el Escritor Iddishe Momme.
-Está bárbara -dice el Editor.
-Es perfecta -digo.
-A ver, para empezar -dice Casanova mientras carraspea-, el nombre en el título resulta anecdótico. Cualquier mujer merece ser adorada. Al menos por un ratito. Nuestra posición, como hombres, es adorarlas.
-Coincido -digo.
-Cogerlas -dice el Editor.
-Adorarlas -dice Casanova-. Lo que no implica darles los gustos, seguirles la corriente ni esas pelotudeces. Saber que son divinas, que todo lo que hacemos es para estar más cerca de ellas. Adorarlas.
-Cogerlas -insiste el Editor.
-Entre otras cosas -dice Casanova.
-Yo prefiero que ellas me adoren -dice el Editor Iddishe Momme.
-Una cosita -dice el Oso Judío.
Todos lo miramos.
-¿Quién es Asia Argento?
-Ok -digo, mientras Casanova se toma la cabeza-, mejor voy a buscar las provoletas.

***

-Esta es la historia de un escritor del interior del país -cuenta el Escritor Iddishe Momme-. No muy talentoso, pero bastante fachero. De una familia de guita, podía tener a la mina que quisiera. Y las tuvo. Una vez, me lo cruzo en un evento al que me habían invitado, en el norte...
-¿Estados Unidos? -pregunto.
-Más quisiera. Jujuy -dice el Escritor-. La cosa es que charlamos, tomamos algo. En un momento, se acerca un tapir. Pero cuando te digo tapir es tapir, eh. Un tapir antológico...
-No me hablen de antologías, con todos los problemas que me generaron -digo.
-Tenés razón, integrante de la lista negra -me palmea la espalda Iddishe Momme-. Les decía. Se nos acerca un tapir. Saluda al escritor con un beso. Le dice algo, se va. Yo me quedo callado, mirándolo. Él se aviva que pasa algo, y me pregunta qué. "¿Y esa quién es?", le pregunto. "Mi señora", dice. "Pero querido, por favor, vos tuviste todas las minas que quisiste, algunas verdaderos hembrones, ¿cómo es que terminaste por casarte con este tapir?", le pregunto.
-¿Y qué te dijo? -pregunto.
-"Es que no sabés las empanadas que me hace" -dice Iddishe Momme-. Eso, me dijo.

***

(continúa)

El club de adoradores de Asia Argento, primera reunión (1)

Quedé con reunirme con los muchachos. La excusa es inaugurar la parrilla del balcón. Por la mañana, temprano, fui al Coto de la vuelta y compré colita de cuadril porque no había bondiola -el mundo jamás será un lugar perfecto-, entraña para el Editor Más Fachero, chorizos, morcilla y una tira de asado por si el Escritor Iddishe Momme se pone demasiado hinchapelotas. Compré, también, una bolsa de carbón, tres provoletas, una caja de bombón helado Frigor, cuatro vinos, un fuet de Cagnoli, bolsas de papas fritas, papas. No sé todo lo que compré. La cuestión es que no tenía que faltar nada. No tiene que faltar nada. No en la primera reunión del Club de Adoradores de Asia Argento.

***

El primero en llegar es Casanova. Milagrosamente, no viste traje sino jean y saco.
-Lindo edificio -dice.
Subimos. Le muestro el depto, enseguida lo aprueba y sale al balcón.
-¡Hijo de puta! ¿Cómo conseguiste esto?
-Un poco de culo y otro poco de ayuda de mi vieja, que estaba en campaña.
-Tu vieja es una grossa, no entiendo por qué le caía tan mal a No Sonia.
-¿No es lo normal?
-No necesariamente. Cuando uno se lleva bien con la madre, hay minas que lo entienden.
-¿Cuáles?
-Las que no creen que por tener una relación sos de su propiedad exclusiva. Las demás, odian a las suegras antes de conocerlas.
-Cuando me separé, antes de mudarme, tuve que decirle que me iba a lo del Escritor Iddishe Momme. Si le llegaba a contar que estaba parando en lo de mi vieja, me hubiera dicho cualquier cosa.
-Te estabas separando. Mentiste. Hiciste lo que correspondía.
Casanova se enciende un cigarrillo. Hay momentos, muchos momentos, en que envidio la claridad que tiene para entender las cosas y la tranquilidad para enfrentarlas.
-¿Vos no habías dejado de fumar? -le pregunto.
Se encoge de hombros.
-Uno tiene muchos momentos de pelotudo -dice, y no aclara si se refiere a la recaída o a la decisión de abandonar el tabaco.

***

El siguiente en llegar es el Oso Judío. Trae un vino y un camembert. Mientras subimos en el ascensor, dice que los edificios nuevos le gustan. Si no supiera que es casado, no entendería por qué vive en un caserón antiguo.
Cuando entra al depto, mira el comedor boquiabierto.
-Me tengo que separar, boludo -dice-. Me tengo que separar.

***

El siguiente en llegar es el Escritor Iddishe Momme. Mientras subimos en el ascensor, me vuelve a cagar a pedos por haberme hecho el rebelde con la editorial importante.
-Tenés que dejar de lado ese espíritu rebelde pelotudo que tenés.
-¿Vos te acordás que fuiste uno de los que me aconsejó que hiciera lo que se me cantaba el culo, que total no le iba a importar a nadie?
-Entonces tenés que aprender a tomar consejo de personas más sabias.
-Si lo hiciera no estaría en la lista negra de ninguna editorial, supongo.
-Exacto.
-Entonces me pueden ir chupando la pija de a uno -digo.
Las puertas del ascensor se abren. Entramos al depto. El Escritor Iddishe Momme lo mira.
-¡Es horrible, boludo!
Entonces lo abrazo.
-Yo también te quiero, tontito -le digo.

***

El último es el Editor Más Fachero. Cuando entra, pregunta por el Pitufo Gruñón.
-No viene -informo-. Está resfriado.
-Está viejo -dice el Escritor Iddishe Momme.
-Estamos todos, entonces -dice el Oso Judío.
-Exacto -digo.
-Podemos dar inicio a la primera reunión del Club de Adoradores de Asia Argento, entonces -dice Casanova.
Y tiene razón.