Subo las escaleras. Presiono el timbre. Del otro lado, una voz pregunta quién es:
-Elemental -digo.
Suena la chicharra. Más escaleras. Me recibe una gorda. Lo dije: las madamas, por algún motivo, siempre son gordas. Me invita a pasar a una sala de espera. Paso. Luego, las chicas desfilan de una en una. Al final, la gorda me pregunta cuál.
-La primera -digo, porque ya olvidé el nombre.
Me invita a pasar a la habitación.
-Póngase cómodo -dice.
Obedezco. Me pongo cómodo. Me tiendo en pelotas en la cama de dos plazas. Luego de unos minutos, la puerta se abre. La puta tiene una cara de culo que voltea.
-Había terminado mi turno -dice.
-Uy, yo no sabía, como pasaste pensé que...
-No, si no es culpa tuya.
Se desviste, y se tiende a mi lado. Sin hablarme, me coloca un preservativo en la pija dormida. Hasta donde sé, ponerlo así no evita embarazos. Aunque supongo que sí enfermedades venéreas.
Chupa.
Mal.
Muy mal.
-Esperá -le digo.
-¿Qué?
Le apoyo una mano en la cara, la separo de mi pija. Ella entiende enseguida, y se aparta, se tiende boca arriba. Me la toco un poco, y se para. Entro.
Es una cuestión de honor. O algo así.
Le doy fuerte.
La puta, que primero tiene las piernas tendidas como dos escobas hartas de limpiar, enseguida las dobla y me rodea la cintura. Me mira a los ojos. Hay cierto asombro, en las pupilas. Estamos así unos cinco minutos. Salgo. Me separo. Ella entiende. Ellas siempre entienden.
Se pone en cuatro.
La posición me facilita la fuerza. Ella gime. No tanto como para estar fingiendo. Gime y, cuando yo empiezo cada movimiento hacia adelante, empuja hacia atrás. Las cachas de su culo se estrellan contra mi pelvis.
Ella lanza un gemido ronco, largo. No puedo haber hecho acabar a una puta. No se puede. Te lo explican tus amigos mayores antes de que vayas a debutar. No se puede. Pero el temblor que sentí alrededor de la pija me hace dudar. Me hace acabar, también.
En un turno de una hora se estiman dos participaciones. Me tiendo boca arriba. Me saco el forro. Enciendo un cigarrillo. Ella me pide otro.
Sonríe, ahora.
-¿Casado? -me pregunta.
Niego con la cabeza.
-¡Qué energía, nene!
Me encojo de hombros.
-¿Te puedo hacer una pregunta? -digo.
-Me hiciste acabar -dice.
-No, eso no. En serio. Una pregunta. Y necesito que sea la verdad, por más que acá haya plata de por medio.
-Te acabo de decir la verdad, bombón. Me hiciste acabar.
-No.
-Te juro, bebé.
-Mirá vos. Pero igual la pregunta era otra.
-¿Cuál?
-El tamaño de mi pija...
Señalo hacia mi entrepierna. Ella mira. Luego me mira a los ojos.
-Tenés lindos ojos.
-Eso ya lo sé. El tamaño de mi pija...
Frunce los labios, como si le costara hablar.
-¿Vos querés la verdad?
-Por favor.
-Es normal.
Sonrío.
-¿Por qué querías saber eso?
-Por nada.
Le hago un gesto con la cabeza. Ella entiende. Esta vez, antes de ponerme el forro, me la acaricia un poco. Esta vez la chupa con ganas, con onda. Cierro los ojos.
Luego, sube. Se deja caer con fuerza. Me sonríe. Luego hacemos cucharita. Le doy bien fuerte. Es por el honor. O algo así.
-Sos un hijo de puta, ¿sabías?
-Lo suponía.
Luego, mientras me visto, escucho:
-Yo ya salgo.
-Mirá qué bueno.
-¿Sos de por acá?
-Vivo a una cuadra.
-Vas a venir seguido.
-Sí, supongo.
-¿Qué vas a hacer ahora?
-...
-No estás obligado, pero si querés podemos ir a tomar algo...
Niego con la cabeza. Invento una excusa.
Cuando salgo, le pregunto:
-¿Lo del tamaño normal me lo dijiste en serio?
-Lo del acabar también. No vienen muchos clientes que se preocupen de eso.
-Me estás mintiendo.
-Te lo digo en serio.
Sonrío. Saco la billetera de atrás, le doy unos pesos de propina.
-Para que vayas a comer. En mi honor, podrías pedirte conejo a la cacerola.
Luego, me voy.