19 octubre 2009

Elemental en Colombia: Cof cof

Martes (cont.).

Llegamos al restaurante. Por la decoración, me recuerda los restobares de Palermo. Una de las ventajas de Colombia es que no apelan a una denominación tan berreta como restobar. ¿Qué es un restobar? Un sitio donde se puede comer y donde se puede tomar algo por la tarde. Es decir: un espacio cuyo dueño es tan avaro que no desea definir claramente si es lo uno o lo otro. Es decir: un rincón de encuentro prefabricado para aquellos que carecen de imaginación. Cada vez que en Buenos Aires escucho a alguien que dice "¿vamos a XXX (reemplazar el XXX por el restobar de su apetencia)?", me pregunto si el objetivo de la salida es la acción -comer, charlar, besar, coger- o el hecho de pertenecer al dudoso mundo que se permite asistir a XXX. Uno puede deducir cómo son las personas por el uso de los nombres o de cómo se refieren a las acciones o a las salidas. Hay quien dice voy a comprar un vino, hay quien dice voy a comprar un Navarro Correa. Se intenta poner el nombre para otorgarle a la acción un sentido supuestamente superior al que tiene: te vas a comprar un vino, te vas a achispar, te vas a divertir y eventualmente después te va a doler la cabeza. En el periodismo de espectáculos hay otra forma de mediocridad muy particular: los especialistas que se refieren a los actores, actrices y etcétera del bestiario por su nombre de pila. Por ejemplo, no tienen que entrevistar a Adrián Suar, sino a Adrián. ¿Ya salió la nota con Adrián? Tengo que ir a verlo a Adrián. La utilización del nombre en reemplazo del apellido presupone una confianza inexistente, un deseo de pertenencia, una voluntad de que el otro reconozca al periodista como algo más que lo realmente poco que es. Llamar Adrián a Suar es equivalente a decir vamos a Taz cuando se quiere ir a tomar algo y jugar al pool. Es ser, lisa y llanamente, un pelotudo. Lo que más me llama la atención es por qué estoy pensando esto. Se supone que estoy en Colombia, que de este lado del Ecuador soy el Editor, ya no Elemental, y sin embargo la simple presencia de un sitio decorado como los porongosos restobares palermitanos funciona como un agujero negro. ¿Es eso? ¿Debo decir, como Michael Corleone, intento salir pero ellos me tiran de nuevo hacia adentro? Nos ubicamos a la mesa. Hugo Chávez me pregunta si estoy bien. Se me debe notar en la cara. Supongo que la altura me está afectando, le digo. Ay pobrecito, dice Catherine Fulop. ¿Estás bien?, pregunta Juana Rulfo. La preocupación de las dos damas funciona como mecanismo inverso a la decoración del restaurante-casi-restobar. De repente, me olvido de los espectáculos argentinos. ¿Quién es Suar?, me pregunto. Sonrío. Nos traen la carta. El camarero lleva delantal de la cintura para abajo. Detesto eso. Mierda. No pensés en esas cosas, Elemental, no seas tan elemental. Miro la carta. Hay milanesas a la napolitana. Luego de la bosta que me sirvieron al mediodía, necesito algo así. Pero me da una cierta vergüenza que, cuando todos están en plan elegante, yo me pida el plato típico de los porcinos en una fonda porteña. Miro de reojo a los demás. Pregunto si ya eligieron. Niegan con la cabeza. Si soy el Editor, puedo manejar la situación. Digo que hay un plato típico italiano, muy exquisito, exclusivo y recomendable. Todos me miran. Milanesas a la napolitana con papas fritas, digo. Hay unos diez segundos en los que creo que todos van a descubrir que soy un impostor, un gordo paposo y carroñero, pero luego todos asienten. Me preguntan cómo lo conozco. Es que viví un tiempo en Italia, digo. Obviamente, lo digo como si dijera soy un hombre de mundo, no como si les confesara que la mayoría de los días estaba triste porque extrañaba a mi perra y entrar a una librería y que hubiese libros en español. No. Un ganador no se deprime. Y acá, en Colombia, soy un ganador incluso a pesar mío. Catherine y Juana asienten extasiadas. Noriega dice que una vez viajó a Buenos Aires. Ése es su intento por sumar puntos con la mexicana: decir que fue a la Argentina, es decir que se parece a mí. Sin que nadie lo note, le pateo el pie a Hugo Chávez, el Elemental venezolano. Me mira. Lo miro. Gracias a Dios -debería decir Diosito, dado que estoy en Colombia- entiende. Carraspea, y suelta que estuvo un año en Barcelona. Muy bien. Sonrío. Catherine Fulop le pregunta en serio, y él comienza con una sarta de mentiras. Dice que ganó una beca, que le encantaron las corridas de toros. Vuelvo a patearlo por debajo de la mesa: que no siga hablando o se va a delatar. Por suerte, vuelve el camarero. Pregunta qué vamos a comer, y todos -incluido el Ejecutivo y la Encargada de prensa- pedimos milanesas a la napolitana con papas fritas. ¿Y de tomar?, suelta el camarero. Vino, dice Juana Rulfo. ¿Quién lo va a elegir?, pregunta el camarero. Todos me miran. Me dan una carta grande como mi panza, que acá no es panza sino alcurnia, y leo. Los mismos que en Buenos Aires. De hecho, junto a cada vino, aclaran el origen. Varios dicen Patagonia. Estoy a punto de elegir uno de Bodega del Fin del Mundo cuando recapacito: lo mejor será mantener lo más alejada posible la raíz argentina, no sea cosa que el agujero negro me transforme de nuevo en un sorete. Pido uno chileno, que también indica Patagonia. Me incorporo, digo que voy a ir a fumar afuera. Catherine Fulop y Juana Rulfo hacen lo mismo. Miro a Huguito Chávez, y se incorpora con cierta resignación. Noriega, en cambio, se queda sentado, preguntándose por qué no aprendió a fumar. Salimos. Le enciendo el cigarrilo a Catherine y a Juana. Luego, el mío. Huguito transpira. Le tiendo uno. Tiembla en sus labios. La brasa se transforma en una luciérnaga. Huguito tose. Pobre. Cof cof. Cof cof. Le quito el cigarrillo de los labios mientras le digo que si está en ese estado, tan mal de los pulmones por el viaje en avión, lo mejor es que no fume. Él me observa. En serio, le digo, yo sé que vos te atrevés a todo, que sos un tipo al que le gusta el peligro y encarnás la pasión en estado puro, todo eso lo entiendo, pero no es buen momento para que fumes. Hugo sonríe, y se encoge de hombros. Mariconzón. Catherine le acaricia el brazo, y le pregunta si está bien. Aspiro mi cigarrillo. El gusto amargo me resulta de lo más dulce.

9 comentarios:

Luminicus dijo...

La satisfacción del trabajo bien hecho?
Yo no entiendo el porque ponerle Resto bar a un parador de la estación de retiro.
Todo eso es a causa del famoso Pertenecer tiene sus privilegios?

Anónimo dijo...

Más alla o más acá del Ecuador en algún momento la identidad de Elemental fluirá sola. Ya pasó de hecho.
El punto está en encontrar a la que le guste Elemental y no necesite que viajes para ser otro.
Por lo menos así, lo veo yo.

NN

China dijo...

Tal cual lo de los periodistas! jaja malísimo.
Por otro lado, no entiendo bien esto de Hugo Chavez, supongo que es tu imaginación en ese momento, no se, me gusta pensarlo así. todo antes de pensar que es ficción jajaja
besoo

Elemental dijo...

Luminicus, esa misma satisfacción.

NN, no, por favor!

China, no aclararé qué es ficción y qué no, por lo que todo debe ser leído como ficción...

China dijo...

no, no, no y no! jajaja
yo quiero que todo sea verdad :)
y así intentaré pensarlo.

Maggie dijo...

Elemental te piido por favor que no aclares quú es ficción y qué no. Me encanta este Elemental.Besos

Vacya dijo...

¿Si llegaran a coger? Más bien me parece que lo ve con ternurita, no con calentura. Ni modo, tendré que esperar.
Elemental ¿voy a tener que esperar mucho para saber?

D (eraloquehabia, ahora soy yo) dijo...

uy sí, yo también creo que habrá que esperar un poco todavía...ah, dejo el link de mi nuevo blog de imágenes. Besos

Elemental dijo...

China, resultaste caprichosa, eh!

Maggie, no lo aclararé, obviamente.

Vacya, mmmmm, no sé...

D, muy buen blog.

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